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Opiniones

Alegría de caballo capado

El anuncio de que Estados Unidos y Cuba restablecerán relaciones diplomáticas y que Barack Obama comenzará un proceso para flexibilizar el embargo comercial impuesto en 1961 a su vecino se ha recibido con un entusiasmo confuso, un embullo que supera su trascendencia como noticia de primera plana y pareciera que ha llegado de pronto el fin de una dictadura que enciende las luces para festejar sus 56 años en el poder.

Esa alegría donde únicamente se explica, con toda su contradicción, es en los altos círculos de poder del régimen y sus amigos. Ellos ven en el acercamiento de los atroces representantes del imperio una vía de escape a su desastre económico ante la eventual pérdida de su sostén principal de estos últimos años, Venezuela. Un país, que desde el triunfo de Hugo Chávez se convirtió en el sustituto de la Unión Soviética a la hora de cubrir con dinero y petróleo la ineficacia del socialismo.

Como siempre, la moneda para negociar del Gobierno son los presos. Esta vez, Alan Gross, un rehén norteamericano capturado hace cinco años y condenado por introducir equipos para ayudar a los cubanos a conectarse a internet. Entregó, además, un espía sin nombre de origen cubano a cambio de tres agentes de la Inteligencia castristas que cumplían largas condenas en cárceles de Estados Unidos. De contra, soltarán, de los 110 presos políticos cubanos, unos 40 que están en una lista oficial de los norteamericanos.

En ese diálogo entre los dos países que, desde luego, beneficiará a los dos Gobiernos, se quedan fuera de juego, olvidados en los arreglos y las conversaciones, los opositores pacíficos, las Damas de Blanco, los periodistas independientes que reciben palizas, acosos y asaltos a sus casas cada día en una etapa en la que la represión se ha hecho más intensa y diversa.

En las amables charlas entre Raúl Castro y Obama tampoco hay espacio para los 11 millones de rehenes obligados a vivir bajo un solo partido durante casi seis décadas, sin libertad de prensa y con una libreta de racionamiento que no tiene vínculos con el embargo comercial de Estados Unidos. Lo tiene con el bloqueo interno del Gobierno a los cubanos porque las vacas, los plátanos, la yuca, el arroz y la malanga nunca se exportaron a Cuba desde Virginia o Baltimore.

Los demócratas que viven y trabajan dentro de Cuba perseguidos por sus ideas políticas y grandes grupos de exiliados que quieren paz y progreso para Cuba no son un hatajo de recalcitrantes extremistas, como se empeña en presentarlos la propaganda castrista y sus cómplices en el exterior. Esos cubanos reclaman que Castro aplique con sus compatriotas la frase clave de su mensaje de ayer para saludar los cambios en las relaciones con los norteamericanos: «Debemos aprender el arte de convivir, de forma civilizada, con nuestra diferencias».

Sí, respetar el pensamiento de todos los cubanos y quitar el bloqueo interno que incluye el pan y las ideas para que empiece a llegar la libertad.